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Nada que ver
En mi país la
escuela secundaria dura tres años. Cuando comenzamos tenemos 16
y tres anos mas tarde tenemos 19. Otros países terminan un año
antes. La oscuridad o el frío demoro nuestro desarrollo
personal y académico, según el ministerio de educación. Por
eso nos tardamos un año. Por eso no estudiamos psicología ni
filosofía. Y puede ser, por eso también nos dan profesores de
una rasa especial. Una rasa que, lamentablemente, no es en
peligro de extinción.
Quiero dibujar
algunas imágenes de ese rasa. No porque ellos lo merecen, pero
para ver en que existen sus errores, y como se pueden cambiar en
algo mejor. Aunque lo ultimo tal vez no es posible, es una idea
tan lindo. Igual lindo a girasoles visto de tren en una España
de verano.
Comienzo con el
profesor de las matemáticas. Recuerdo muy bien cuando nos
estudiamos el concepto de la continuidad. Algunas funcionas tu
puedes dibujar sin llevar el lápiz al tercer dimensión, otros
si necesitan este viaje de pájaro. Un concepto simple entonces.
Por lo menos así pensamos algunos de nosotros.
“Ah, vamos a
ver,” sus ojos habían perdido su tranquilidad. Sus manos habían
olvidado de cual parte del cuerpo ellos pertenecían. “Si un
incremento de x, que se puede llamar delta x…” Yo vi a Ana,
para ella el profesor podía llamarlo delta x sin oposición.
También podía haber usado palabras como “delta delta”,
“delta aquí”, “aquí no pasa nada” o cualquier otra
cosa.
Pero el
profesor no se preocupo por Ana. Él miró a mí. Sabia que
solamente yo y Antonio, mi amigo, entendí algo de las matemáticas,
y si él podía engañar a nosotros él podía engañar al mundo.
La verdad era que el no entendí nada de delta x o de delta y.
Era geógrafo, no matemático. Ni de profesión, interés no
habilidad. Claro, el no admití nada de eso. De verdad nunca
levanto su guardia de como era él. No era una persona para
nosotros. Un actor tal vez. Y, ¡pregúntala a Ana!, no un actor
bueno.
¡Cuánto me
había gustado si él había elegido ser honesto! Si él había
decidió investigar este concepto escurridizo con nosotros. No
quería, no entendí como, no sabia que los mejores matemáticos
habían luchado con este concepto. Más breve: no sabia enseñar
las matemáticas. Sus ojos siempre me pidieron reconocimiento,
pero claro que no podía darle eso.
En idiomas la
profesora tenia nombre de una dios nórdico. Tal vez no por
bautista, pero algunos estudiantes, ya muertos penso yo, habían
dado ese nombre cariñosamente. ¡Su voz, o como recuerda esta
voz! En el bus de la escuela sentado adelante, gritando al compañero
como él había olvidado sus oídos en casa. Cortando nuestros
pensamientos con su tontería, con sus ideas sobre todo. Y sobre
todo sobre nada. Yo grito y por eso soy. O algo así. Ella era
un misterio tan poco misterioso.
A veces penso
que sus gritos tenían una función. Era joven, estuvo buscando
orden en el universo. Penso que tal vez las aludirás daban
energía al bus. Eso podía explicar por que siempre se sentó
atrás del chofer al lado del motor. También explico por que
ningunos la cortaron. ¡En el invierno, cuando el bus no pude
por la nieve, penso cansado “Grita mas fuerte, quiero irme a
casa!”
“Otra vez un
3.” Mis ensayos nunca logran un 4 o un 5. ¡O, sí también
existía!, un 6. “Tú usas el idioma en una forma no muy
corriente. O mejor dicho, en una manera mala. Por eso te pongo
un 3. ¡Mejor suerte la próxima vez!” No creo que mis ensayos
tenia grande valor litoral, nada de eso. No sabia como escribir
algo sensato sobre la crisis en Rhodesia. O sobre el primer flor
de primavera. Bueno, si me había pedido un ensayo sobre como el
primer flor de primavera podía resolver la crisis en Rhodesia,
tal vez había podido demostrar interés, pero no ocurrió.
Su sonrisa,
siempre contenta en la fachada y llorando por atrás, me hizo
enfermo. Ella había perdido su niña por una enfermedad ya
desconocida, y sentimos todos pena por ella. Pero yo no podía
ver la gracia en este espectáculo de “¡la vida es buena!”
cada día. No quería escuchar razonamientos lógicos borrando
la tragedia de su existencia. Y de nuestras. Lo vi como cobardía,
pero tal vez me equivocó. En mi defensa recuerda por favor,
tenia 17 anos, y a esta edad la idea de ser equivocado no existe.
Claro que
necesitaba ayuda para expresarme mejor. También necesitaba
ayuda para confrontarme al mundo real. Necesitaba ayuda para ser
tolerante a otras maneras de ver el mundo y vivir en ella. Mi
profesora de los idiomas no tenia palabras de su alcance para
brindar me ese ayuda. Por eso, claro, yo odiaba a ella. Siete
clases por la semana. 45 minutos cada clase. Una eternidad. Mi
juventud tirado.
El Diablo enseño
historia. “¿Hoy en Rusia hay centralización o
descentralización?” Sus ojos estaban golpeando a mi cara para
destrozarme. Lo raro era que también entendí que abajo de su
terror existía una esperanza de una contestación sabio. O por
lo menos, algo él podía usar para, en voz monótona, reclamar
diez minutos mas de sus teorías ya digerido mil veces en su
mente, y por eso sin sabor para él ni para nosotros.
El milagro no
paso. Mi corazón estaba corriendo por mil kilómetros por hora.
Sentí el calor de mi angustia. Sabia que el libro de texto no
tenia nada al respeto de su pregunta. Pero, tenia miedo decírselo.
Tenia miedo hablar a él como una persona. Hoy entiendo que eso
fue un error mío, y un error grave. Tal vez, si algunos de
nosotros, los jóvenes, habían tenido este coraje, habían
pasado algo bonito en las clases con él. El no era malo al
fondo, pense yo, pero sí tenia una capa gruesa de diablo entre
su corazón y el corazón de sus alumnos.
Antonio y yo
tuvimos largas conversaciones por teléfono cada noche para
digerir las nuevas ideas de la pizarra. Lo hicimos bien. Pero
nunca entendimos el motivo para el comportamiento de los
profesores, hasta el ultimo año cuando tuvimos la ilusión de
entender algo.
Un conejo enseño
las químicas. Me enamoro mas de sus cejas de sus dientes. Él
sabía moverlas para expresar cualquier sentimiento él tenia.
“¿Estas bromeando no? ¿Esta tontería no puede ser tu
respuesta seria?” Eso fue su expresión favorita. En sus
clases ocupo mi mente hacer estadística de sus palabras raras.
El uso palabras ya muertos mas que cincuenta años. En el ultimo
año “ovenikjøpet” gano con una frecuencia de veinte tres.
Significaba “además”, pero con fecha de caducidad bastante
sobrepasado.
El conejo no
era malo persona. Siempre sonriendo, secando sus dientes,
siempre contando chistes. Las mismas cada año pero no
importaba. Su error era la falta de confianza en nosotros.
Ciencia es el arte de observar y reflexionar. ¡Hicimos los
experimentos del menú del ministerio, pero él nos dicto
nuestras observaciones y reflexiones! “Vimos que... y
concluimos que...” Vimos algo, pensamos nada, dialogamos nada.
¿Crecemos algo? Claro que sí, pero no en la dirección
adecuada.
Ahora pienso
que su sonrisa tenia su raíz en el espectáculo que nos
celebramos. Ciencia sin ciencia. Él entendió la tragedia y su
válvula de escape fue la sonrisa. Por otra parte, tal vez
solamente era otro tonto. Sin interés de reflexionar,
preguntarse, maravillarse. Un hombre ajeno al mundo científico.
¿No había
profesores buenos? Quiero ser honesto. Soy agnóstico, no sé si
existían. Tal vez en la clase al lado, el año anterior o en
otras escuelas. Pero tengo mis dudas. Antonio visitó el rector
un día. Que él me contó de sus dos minutos con el líder de
nuestra pedagogía me da pesadilla ya treinta años mas tarde.
En la pared, con marco negro, una frase breve en todas mayúsculas.
“LAS IDEAS DEL ESTUDIANTE NO TIENE NADA QUE VER.” |