|
|
Chapulin y la castañera
(Un cuento de otros tiempos)
Al nacer, su papá dijo que era
un niño muy chulapín y así empezó a llamarle. Pero sus hermanitos, poco
mayores que él, con su media lengua, convirtieron chulapín en Chapulín. Y
nunca tuvo ya otro nombre. Incluso en el colegio cuando pasaban lista y
nombraban a Joaquín -su nombre en el juzgado-, nadie contestaba. El era
Chapulín. Al final, todos, maestros incluidos, se rindieron a la evidencia y
el nombre de Joaquín desapareció de las aulas.
Chapulín era un chico callado
y observador. Conocía a los que habitualmente se cruzaban con él camino del
colegio y a todos los analizaba con su mirada serena y penetrante. No
participaba de los juegos violentos de sus compañeros ni alborotaba en los
recreos. No arrojaba piedras a los pájaros ni daba puntapiés a los objetos
que encontraba en su camino. Respetaba los jardines y se ensimismaba viendo
nadar a los patos en los estanques. Iba y volvía del colegio con una
compostura impropia de su edad. Cedía el paso a los menos ágiles y ayudaba a
cruzar la calle a quien lo necesitaba. No era necesario que se lo solicitaran
porque Chapulín, con su despierta inteligencia, se daba cuenta al momento de
la situación y actuaba en consecuencia.
Sus compañeros de colegio que
al principio le recibieron con bromas de mal gusto, acabaron por reconocer que
su comportamiento era consecuencia de su exquisita bondad. Esta circunstancia
servía a los demás para aprovecharse de él, en especial a la hora de los
exámenes.
Chapulín lo sabía, pero nunca negaba la ayuda a quien la necesitaba aunque
el necesitado fuera el que más animadversión pusiera en herirle y ofenderlo.
Hay que añadir que Chapulín era de los primeros de la clase y el primero, y
el único, que a la hora de ayudar al semejante no le echaba en cara sus malas
acciones contra él.
Chapulín, al regreso del
colegio, atravesaba todos los días una calle orientada al helado viento
predominante en la ciudad, en una de cuyas esquinas, y coincidiendo con las
primeras hojas desprendidas de los árboles en el inicio del otoño, se
situaba una viejecita de no muchos años, pero sí bastante usados, que bajo
una garita de tablas y hule de escasas dimensiones, un bidón al que le habían
agregado en su interior una parrilla y un saco con carbón de baja calidad, se
dedicaba a la venta de castañas asadas.
A Chapulín le intrigaba la
castañera porque nunca voceaba su producto. Se limitaba a mantener activo el
fuego con un soplillo mientras sacaba con unas tenazas las castañas asadas y
agregaba otras nuevas en espera de la llegada de los clientes que, en verdad,
no eran muchos. Siempre se detenía un rato para observar cómo las pavesas se
desprendían de los ígneos carbones bajo el impulso del viento que la castañera,
con su soplillo de esparto, lanzaba sobre el rudimentario hogar. Chapulín
permanecía estático frente a la castañera y su mirada se trasladaba, como
en el juego del tenis, del soplillo al rojo carbón y de éste al soplillo. La
castañera,que se daba cuenta de la atracción que aquel movimiento ejercía
sobre el niño, lo incrementaba a conciencia y cuando lo veía extasiado
paraba de pronto. Chapulín, entonces, relajaba su tensión y suspiraba. Era
el momento en que la castañera, atrapando la mayor de las castañas, colocaba
entre las manos ateridas de Chapulín el fruto caliente y crocante, acompañándolo
de una disimulada sonrisa. Chapulín agradecía el obsequio con su franca
mirada (Chapulín nunca llevaba dinero) y salía corriendo -de las pocas veces
que lo hacía- hacia su casa.
Marina Laserna
|
|